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domingo, 9 de diciembre de 2007

La mirada incorrecta


LA VANGUARDIA - Pilar Rahola 09/12/2007

La fama, ese delirante objetivo

[...]

Empecemos por el periodismo. Ciertamente, informar de un asesinato está en la esencia misma de la profesión y no existen argumentos que validen una actitud contraria. La cuestión no está en la noticia, sino en dónde situamos el foco, y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conseguir impacto emocional y audiencia morbosa. Este interrogante crítico es especialmente urgente en la información televisiva, cuyo lenguaje visual obligaría a un mayor grado de responsabilidad. El ejemplo de Cho Seung Hui es paradigmático. El joven, en su delirio, grabó un vídeo con toda la estética de un juego de la PlayStation y juró que mataría masivamente. Para garantizar la difusión de su enloquecido monólogo, no envió el vídeo a YouTube, sino directamente a uno de los canales más prestigiosos de EE. UU., la NBS, sabiendo que sucumbirían a la tentación. Y, con la NBS, todos los canales del mundo nos apuntamos al bombardeo de unas imágenes que habrían merecido, exclusivamente, un visionado de expertos psiquiátricos. No sólo fue una burla a las 32 víctimas, sino una dejación de nuestra responsabilidad ética. ¿Todo vale para tener una imagen impactante? Eso parece, y eso sabía el joven asesino. Al fin y al cabo, había visto como las televisiones del mundo enseñaban los vídeos de los terroristas de Al Qaeda donde pobres víctimas estaban a punto de ser degolladas. Si las televisiones se habían convertido en la principal arma de propaganda de los yihadistas, ¿por qué no iban a ser el instrumento de su macabro aterrizaje en la fama? Robert Hawkins sólo imitó a Seung Hui, y este sólo imitó a los profesionales de la muerte. La televisión nunca defraudó. ¿Se trata, pues, de no informar? No. Se trata de no convertir al asesino en el protagonista. Cuestión de medidas, de centralidad y de justicia (Sigue... )

EN MI HUMILDE OPINIÓN, en el contexto de una sociedad enferma como la del S.XXI, caldo de cultivo de múltiples patologías que rigen todo tipo de conductas y actitudes, no es de extrañar que surjan enfermedades que empujen a algunos individuos a convertirse --de forma errática e injustificable-- en cazadores furtivos de la fama efímera. Una "fama" que se percibe alentada, a menudo, por aquellos medios de comunicación que se prestan a seguirles el juego a esos inmisericordes verdugos disfrazados de víctimas (o al revés).

Otra cosa muy distinta sería no tener más remedio que ceder a las presiones y sucumbir a las serias amenazas terroristas de terminar con la vida de un inocente. Hay impedir su ejecución, movilizarse para tratar de salvar a ese rehén del fanatismo exacerbado; y los políticos, los medios, los poderes fácticos, todos los agentes implicados en el manejo de situaciones y en la toma de decisiones pueden y deben hacer algo para evitar la tragedia. Y si para ello es necesario difundir el vídeo de un captor en vida, me parece lógico y sensato hacerlo si puede servir para evitar la muerte de la persona secuestrada.

Y otra cosa muy distinta --deplorable, irresponsable-- sería difundir las imágenes de una muerte anunciada, decapitación mediante, u otra brutalidad infinitamente cruel similar a través de las televisiones y los medios digitales con el fin de ampliar las cuotas y disparar los índices de audiencia. Pero eso no ha servido como justificante para que ningún enfermo se tome la patente de corso de abrirse su particular camino a la fama personal.

El fin no justifica los medios, aunque tampoco justifica a los medios. Los francotiradores del despecho social emergen como setas en nuestra sociedad, guiada pero sin rumbo, abonada al triunfo prefabricado como tabla de salvación personal. Tristemente, nuestros "protagonistas" sólo consiguen, a la postre, protagonizar su minuto de gloria, obtenido como consecuencia del infausto desafío a la sensatez y mediante la drástica ruptura con cualquier atisbo de lucidez o sentido común.

Y es que resulta que la fama y el éxito son factores que no van necesariamente asociados. Eso, muy probablemente, no lo sabía el asesino de Ohama, y su estrepitoso fracaso personal en vida se ha visto agravado (y amplificado) al carecer de estilo alguno al decirle adiós al mundo de esa peculiar forma, prepitando el fin de otras vidas ajenas que, probablemente, no habian influido de ninguna manera en la insignificancia de un especímen con delirios de grandeza.

Definitivamente, nuestro triste "protagonista" no supo cómo ganarse el cielo. Lo peor es que dilapidó cualquier opción, si es que algún día llegó a tener alguna, cosa que dudo sinceramente.

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